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Ucrania e Irán pueden convertirse en las némesis de las ambiciones rusa y estadounidense

En febrero de 2022, el presidente ruso Vladímir Putin asumió que podría descabezar rápidamente al gobierno ucraniano y derrotar a Ucrania mediante una «operación militar especial». En febrero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo un cálculo similar con su «incursión» contra Irán. Ucrania no controla un punto estratégico vital para el comercio mundial, como el estrecho de Ormuz. No puede mantener a Estados Unidos y al resto del mundo como rehenes de esa manera. Sin embargo, al igual que Irán, Ucrania ha impedido que una superpotencia obtenga una victoria fácil y le ha impuesto costos significativos.

El estancamiento de la guerra en Ucrania desacredita a Rusia como potencia militar global. Erosiona la imagen de invulnerabilidad de Putin del mismo modo en que el bloqueo en el golfo Pérsico socava el prestigio de Estados Unidos y de Trump. Cabe destacar que la guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto las debilidades de Estados Unidos, y no solo las de Rusia. Para Trump, alcanzar la paz en Ucrania ha resultado tan esquivo como poner fin a la guerra con Irán. Su fracaso en resolver el conflicto ucraniano en las tan anunciadas «24 horas» dañó la credibilidad de Estados Unidos como proveedor confiable de seguridad. Posteriormente, su incapacidad para impedir la represalia iraní en el golfo Pérsico reforzó esa percepción.

Las llamadas «potencias de segundo orden» han reducido el prestigio de Putin y Trump, los dirigentes que iniciaron estas guerras mal concebidas. Tanto Rusia como Estados Unidos disponen hoy de menos instrumentos para ejercer poder e influencia que antes. Sus antiguos aliados —en el Cáucaso y Asia Central, en el caso de Rusia, y en Europa, en el caso de Estados Unidos— buscan ahora nuevas alternativas regionales de seguridad, acelerando así el desarrollo de un orden internacional más descentralizado.

Antecedentes

Putin y Trump comparten una mentalidad imperial y, en cierta medida, un sentimiento de invencibilidad. Ambos se presentan como líderes inclinados a asumir riesgos y a apostar fuerte en sus decisiones de política interna y exterior. Actúan con escasas restricciones externas sobre su proceso de toma de decisiones. Putin considera que siempre surgirán problemas en las operaciones militares y de otra naturaleza —una convicción derivada de su experiencia en los servicios de seguridad—, pero también cree que siempre encontrará la manera de resolverlos. Trump, en cambio, parte de la premisa de que nada saldrá mal y, si ocurre algún contratiempo, será culpa de otra persona. Como puede apreciarse en sus vehementes desacuerdos con el papa, en los memes que lo representan como Jesucristo o como una figura casi divina, y en sus propias referencias a sí mismo como un personaje de importancia histórica mundial, Trump ha ido incluso más lejos que Putin: se considera infalible.

En 2022, Putin quizá no estaba tan dominado por la arrogancia, pero ciertamente desestimó los riesgos de invadir Ucrania tras la fácil anexión de Crimea en 2014. Limitó el proceso de decisión a un círculo muy reducido de personas de confianza, excluyendo incluso a los mandos militares de la planificación, circunstancia que quedó claramente reflejada en la deficiente ejecución de la ofensiva inicial. El relativo éxito de Ucrania al resistir la invasión rusa y el fracaso de Putin para imponer su voluntad tras cuatro años de guerra brutal debieron servir de advertencia para Trump. Sin embargo, después del espectacular éxito de la operación encubierta estadounidense que derrocó al presidente venezolano Nicolás Maduro en enero de 2026, Trump se convenció de que un ataque sorpresivo contra Irán y su dirigencia conduciría a otro triunfo inevitable. Las Fuerzas Armadas estadounidenses habían preparado minuciosamente todos los aspectos operativos y tácticos, contando además con Israel como socio fundamental. Dado que Estados Unidos e Israel apenas habían enfrentado represalias iraníes tras el ataque conjunto contra el programa nuclear iraní en junio de 2025, Trump actuó como Putin y decidió «lanzar los dados». Ignoró años de advertencias formuladas por los servicios de inteligencia estadounidenses y de otros países acerca de la posibilidad de que Irán cerrara el estrecho de Ormuz. Al igual que Putin, tampoco tenía un plan para afrontar lo que vendría después.

Análisis

El artículo publicado por Robert Kagan en The Atlantic en mayo de 2026 expone con claridad las consecuencias de la guerra contra Irán para Estados Unidos y el acelerado reajuste mundial hacia un escenario posestadounidense como resultado de este enorme error de cálculo. Podría suponerse que Rusia obtendría algún beneficio de esta situación; sin embargo, las consecuencias geopolíticas de la guerra constituyen una realidad ambivalente para Moscú. La actual crisis petrolera ha fortalecido financieramente a Rusia mediante una afluencia extraordinaria de petrodólares —más ingresos por los mismos volúmenes de exportación— hacia las arcas del Estado y el financiamiento de la guerra en Ucrania. No obstante, esas ganancias económicas han tenido un elevado costo: el conflicto ha debilitado muchas de las redes internacionales de las que Rusia dependía para resistir la presión occidental durante los últimos años.

Por ejemplo, Rusia depende del golfo Pérsico para obtener recursos que van mucho más allá del petróleo y el gas. Los Estados del Golfo constituyen un refugio seguro para el capital ruso, sus empresas, altos empresarios, dirigentes políticos, trabajadores remotos radicados en el extranjero y turistas desplazados de Europa y Estados Unidos por las sanciones y otras restricciones. El Golfo es, además, un importante centro financiero y comercial para Rusia, así como un nodo esencial de transporte aéreo hacia Moscú desde diversas partes del mundo. Los líderes de la región asumieron también un creciente papel diplomático en favor de Rusia, acogiendo reuniones y negociaciones tanto con representantes ucranianos como con enviados estadounidenses.

Irán, por su parte, también desempeñó un papel estabilizador para la estrategia interna y regional de Rusia. Actuó como un contrapeso religioso chiita, relativamente ajeno a los conflictos internos, frente a las complejas poblaciones musulmanas suníes existentes en el núcleo territorial y la periferia de la Federación Rusa. Más importante aún, al inicio de la guerra en Ucrania, Irán suministró los drones Shahed, que permitieron compensar la rápida incorporación por parte de Ucrania de vehículos aéreos de combate no tripulados. Posteriormente, Rusia desarrolló su propia capacidad de producción de drones, pero la asistencia iraní resultó decisiva en un momento crítico del conflicto.

La guerra también ha privado a Moscú de un importante aliado político. El líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, fue durante los veinticinco años de presidencia de Putin un interlocutor privilegiado y de larga confianza. Su muerte, así como el asesinato de gran parte de la alta dirigencia iraní, han afectado profundamente a Putin —particularmente sensible a los riesgos para su seguridad personal— y han privado a Rusia de una valiosa red de contactos políticos de confianza. Tras la caída del régimen de Bashar al-Ásad en Siria y el derrocamiento de Nicolás Maduro por Trump en Venezuela, el círculo de aliados confiables de Rusia se ha reducido considerablemente. Asad reside hoy en Moscú junto con otros antiguos dirigentes regionales que Putin acogió en el exilio para protegerlos de posibles represalias mortales.

Existen ciertas similitudes estructurales entre las guerras de Ucrania y del golfo Pérsico. Los rusos consideran a Ucrania parte de su espacio histórico, aunque siempre ha sido un territorio disputado situado en la cambiante frontera del vasto imperio ruso. Del mismo modo, Estados Unidos ha sido un actor central en Oriente Medio durante aproximadamente ochenta años, aunque la región no constituye necesariamente un escenario favorable para sus intereses, y la confrontación con Irán se ha prolongado durante casi la mitad de ese período. Ambos conflictos, sin embargo, no son idénticos. Ucrania no representaba una amenaza para Rusia comparable a la que Irán constituía para Estados Unidos y para la seguridad internacional mediante sus guerras por intermediarios, su apoyo al terrorismo y sus ataques contra intereses estadounidenses. Pese a ello, ambos enfrentamientos han producido un resultado semejante: una potencia relativamente más débil ha logrado atrapar a una mucho más poderosa en una confrontación prolongada y extremadamente costosa.

Así como Irán ha arrastrado a Estados Unidos a una lucha prolongada, Ucrania ha mantenido a Rusia prácticamente inmovilizada. Ha causado enormes bajas a las fuerzas rusas y ha impuesto elevados costos económicos mediante ataques de largo alcance contra objetivos situados en territorio ruso. Del mismo modo que los ataques iraníes alteraron la percepción de seguridad de los Estados del Golfo, los ataques ucranianos han destruido la sensación de invulnerabilidad del territorio ruso. Según diversas informaciones, Putin vive hoy más aislado y protegido que nunca, debido al creciente temor por su seguridad personal y la vulnerabilidad del Estado ruso. La negociación de un alto el fuego de tres días impulsada por Trump para permitir la celebración del desfile del 9 de mayo en la Plaza Roja, conmemorativo de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, así como la reducción del propio desfile militar, constituyeron un símbolo visible de la incomodidad y preocupación del Kremlin.

Por su parte, Trump ha sido incapaz de comprender cómo Ucrania ha transformado su posición regional e internacional al mantener empantanada a una potencia militar muy superior. Ucrania ha revolucionado la conducción de la guerra mediante una extraordinaria capacidad de innovación en el campo de batalla. Sus fuerzas armadas poseen hoy una experiencia de combate excepcional y operan en la frontera tecnológica de la guerra contemporánea. Como consecuencia, Ucrania podría convertirse en uno de los beneficiarios geopolíticos inesperados de la guerra con Irán. Incluso el desvío de la atención de Trump y de Washington podría favorecerla. Trump nunca mostró un interés genuino en mediar seriamente para poner fin a la guerra con Rusia ni en encontrar soluciones duraderas. Su prioridad ha consistido en proclamar éxitos superficiales mediante anuncios de ceses del fuego, destacar reuniones simbólicas con Putin y promover eventuales negocios entre Estados Unidos y Rusia que beneficiarían a sectores empresariales cercanos a su administración. Paralelamente, ha criticado reiteradamente al presidente ucraniano Volodímir Zelenski, mientras elogiaba a Putin y presionaba a Ucrania para aceptar concesiones territoriales y políticas claramente desequilibradas en favor de Rusia.

La paz en Ucrania, o al menos un cese relativamente duradero de las hostilidades actuales, difícilmente surgirá de la relación entre Putin y Trump o de las negociaciones llevadas a cabo por sus respectivos enviados. Zelenski y Ucrania parecen haber llegado a esa misma conclusión. En consecuencia, están reduciendo su dependencia de los buenos oficios —más bien limitados— de Estados Unidos y orientándose cada vez más hacia sus aliados europeos, así como hacia potenciales socios en los Estados del Golfo interesados en aprender de la experiencia ucraniana en materia de drones y sistemas de defensa contra drones.

Paradójicamente, la intervención de Trump en el golfo Pérsico podría terminar constituyendo el golpe más severo sufrido por Putin durante sus décadas en el poder. Se trata de un acontecimiento que modifica el sistema internacional: un choque exógeno capaz de alterar profundamente la dinámica global. Putin esperaba que Trump terminara facilitándole una victoria en Ucrania. Sin embargo, cuanto más se concentre Trump en Irán y cuanto más se distancien los ucranianos de Estados Unidos, menos probable será que ello ocurra. El presidente estadounidense ha dejado de ser, literalmente, la «carta ganadora» de Putin. Al mismo tiempo, Rusia no puede sostener indefinidamente el ritmo actual de la guerra. Para enero de 2026, el conflicto en Ucrania ya había durado más tiempo que la participación de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial contra la Alemania nazi. Solo en abril, Rusia sufrió alrededor de 35 000 bajas —entre muertos y heridos— para obtener avances territoriales mínimos, una cifra equivalente al contingente mensual de nuevos reclutas contratados por las fuerzas armadas rusas.

Chris Donnelly, especialista británico en las Fuerzas Armadas soviéticas y antiguo asesor de los secretarios generales de la OTAN, ha descrito desde hace tiempo la guerra de Ucrania como una situación de «bloqueo» (deadlock). A diferencia del «empate» en una partida de ajedrez, donde ninguno de los jugadores puede avanzar, un bloqueo implica que ambas partes todavía conservan capacidad de actuar, incluso para buscar la paz. Cualquiera de ellas podría romper repentinamente la situación mediante una decisión inesperada. Sin embargo, en el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania ninguna desea ser la primera en ceder o modificar su posición. Aun así, tarde o temprano alguna de las partes tendrá que hacerlo si pretende evitar nuevas pérdidas devastadoras y una sucesión interminable de represalias tras breves pausas en los combates.

En mayo de 2026 comenzaron a multiplicarse los informes sobre el creciente deterioro de la economía rusa, agravado por la destrucción, por parte de Ucrania, de infraestructura energética y de líneas de abastecimiento militar, así como por la disminución de la popularidad de Putin. Antiguos aliados cercanos de Rusia, como Armenia y Kazajistán, empezaron además a distanciarse abiertamente de Moscú, celebrando cumbres sin precedentes con la Unión Europea y otros países y suscribiendo acuerdos independientes de cooperación económica y de seguridad. Al mismo tiempo, en abril, grupos rebeldes africanos expulsaron de Malí a instructores y efectivos militares rusos. Rusia ya no aparece como un proveedor seguro de seguridad ni como un contrapeso confiable frente a Estados Unidos. La guerra está erosionando progresivamente su posición internacional.

Recomendaciones de política

En esta etapa parece poco probable que Estados Unidos y Rusia reconozcan plenamente el grado en que sus respectivas aventuras militares han reducido su influencia como actores globales. Así como Estados Unidos consume enormes cantidades de armamento en el golfo Pérsico, Rusia agota su arsenal en los campos de batalla de Ucrania. Mientras ambos países concentran sus recursos en sus respectivas guerras, ya no están en condiciones de producir el mismo volumen de armamento para exportación. Los Estados que tradicionalmente dependían de la industria militar estadounidense o rusa —como Europa respecto de Estados Unidos e India respecto de Rusia— deberán fortalecer sus propias capacidades de producción de defensa, proceso que algunos ya han comenzado. Las guerras de Ucrania e Irán demuestran a los aliados y socios de ambas potencias los riesgos de depender excesivamente de un único proveedor de seguridad. En consecuencia, deberán redefinir su posición estratégica en un mundo que será, al mismo tiempo, posruso y posestadounidense. Ninguno de esos dos Estados volverá a desempeñar el papel decisivo —y en ocasiones indispensable— que ejerció en el pasado.

Las futuras soluciones de seguridad para Europa y otros actores probablemente se desarrollarán a través de nuevos agrupamientos regionales, como la Fuerza Expedicionaria Conjunta (Joint Expeditionary Force, JEF), integrada por el Reino Unido, los países nórdicos y bálticos, otros Estados europeos y, eventualmente, Canadá. La JEF concentra su actividad en la seguridad del Alto Norte Ártico, el Atlántico Norte y el mar del Norte. Cada vez desempeña un papel más importante en la coordinación de la asistencia militar a Ucrania, especialmente por el firme compromiso asumido desde el inicio de la guerra por miembros como el Reino Unido. Esa función coordinadora podría ampliarse para respaldar un esfuerzo político europeo más sólido orientado a negociar el fin del conflicto. Asimismo, la JEF podría convertirse en una plataforma para impulsar mecanismos conjuntos de financiamiento, adquisiciones e innovación en materia de defensa, vinculados tanto a la seguridad de largo plazo de Ucrania como a la del norte de Europa. Canadá, por ejemplo, en previsión de su incorporación, está creando un banco de inversión para la defensa y reuniendo diversos fondos destinados a reducir su dependencia económica de Estados Unidos y fortalecer sus propias capacidades militares. La JEF podría convertirse en el eje de iniciativas multilaterales semejantes.

Los europeos están extrayendo enseñanzas tanto de la guerra con Irán como del conflicto en Ucrania. Reflexionan activamente sobre la forma en que deberán relacionarse con Ucrania en el futuro. Hoy, Ucrania constituye la fuerza militar más experimentada y eficaz de Europa. Otros ejércitos importantes del continente, como los de Turquía o Finlandia, no han sido sometidos a una prueba comparable. La experiencia ucraniana representa un activo estratégico de enorme valor para la defensa europea y seguirá siendo un elemento fundamental de la seguridad del continente en el largo plazo, con independencia de la compleja relación que Europa mantenga con Estados Unidos. A medida que la guerra estadounidense contra Irán se prolongue, Europa tendrá que asumir progresivamente el liderazgo en la búsqueda de una solución para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania. Tanto Ucrania como Europa están comenzando a actuar —al menos en términos de su visión estratégica— como si ya vivieran en un mundo posestadounidense.

FH
Fiona Hill · Brookings Institution, 2026 · Traducción ILADIR

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