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Manuel Rodríguez Cuadros junto a las banderas del Perú y de las Naciones Unidas Notas del Presidente

El sistema internacional unipolar fragmentado

  • 2 de agosto de 20262 de agosto de 2026

1. El mundo unipolar fragmentado, basado en la política de poder con potencia erosionada y tendencia al bipolarismo económico

Raymond Aron, en Paz y guerra entre las naciones, diferencia los conceptos de poder y potencia. El primero hace referencia a los recursos naturales, sociales, militares, económicos, tecnológicos, culturales y políticos que posee un Estado para determinar o influir en la conducta de otros Estados. La potencia, en cambio, es la capacidad y legitimidad para movilizar esos recursos en circunstancias determinadas, con el fin de obtener objetivos específicos (Aron, 1962). A partir de esta definición, Hans Morgenthau distinguió tres sistemas internacionales. Si es manifiesta la existencia de un poder superior al resto, nos encontramos ante un sistema unipolar; si dos son los Estados con poderes equivalentes, el sistema es bipolar; y si son varios los Estados con poderes equivalentes, entonces el sistema es multipolar (Morgenthau, 1948).

Existen distintas percepciones políticas, académicas y diplomáticas sobre el mundo contemporáneo. Se ha difundido ampliamente la idea de que la multipolaridad constituye el patrón dominante de la actual estructura mundial. Autores como Aleksandr Dugin, Fareed Zakaria y Emma Ashford sostienen que el mundo actual es multipolar y que esa pluralidad del poder se caracterizaría por el debilitamiento relativo de los Estados Unidos y por la ascensión de nuevos centros de poder, como China, la Unión Europea, Rusia e incluso algunos BRICS, particularmente India (Zakaria, 2008; Ashford, 2024).

Sin embargo, si se analiza con objetividad la estructura real del poder mundial y, sobre todo, sus tendencias estratégicas, resulta difícil sostener plenamente la idea de una multipolaridad consolidada. Desde el punto de vista del poder militar convencional, los Estados Unidos continúan siendo, con gran diferencia, la principal potencia global. Su gasto militar es aproximadamente cuatro veces superior al de China, según los datos de SIPRI y Global Firepower (SIPRI, 2025; Global Firepower, 2025). Poseen además una capacidad única de desplazamiento militar global para intervenir en conflictos localizados, proyectar fuerza o proporcionar ayuda militar y financiera a escala planetaria. Según estudios de Conflict Management and Peace Science, los Estados Unidos poseen más de 250 bases e instalaciones militares en el extranjero y cerca de 200 mil efectivos desplegados fuera de su territorio nacional (Vine, 2021). Sólo en Alemania y Corea del Sur mantienen aproximadamente 34 000 y 26 400 efectivos, respectivamente. China, por el contrario, posee únicamente unas pocas bases militares en el exterior, lo que refleja también el carácter predominantemente no intervencionista de su diplomacia. Ningún otro Estado se aproxima actualmente a la capacidad militar operativa global de Washington.

Esta unipolaridad militar no se reproduce plenamente en el ámbito nuclear, donde persiste una estructura esencialmente bipolar entre Estados Unidos y Rusia. Según SIPRI, Rusia posee aproximadamente 5889 armas nucleares y los Estados Unidos alrededor de 5244 (SIPRI, 2025). En consecuencia, mientras el sistema es unipolar en términos militares convencionales, en el ámbito estratégico-nuclear mantiene rasgos de bipolaridad.

Si se traslada el eje del análisis hacia el ámbito político, ningún país ejerce una articulación tan intensa entre poder nacional y política exterior como los Estados Unidos. La diplomacia norteamericana, con éxitos y fracasos, constituye una combinación permanente entre capacidad militar, presión económica y acción político-diplomática. Esta proyección se despliega simultáneamente en Asia, Europa, África y el Oriente Medio.

En el ámbito económico, pese al ascenso chino, la estructura global continúa siendo predominantemente unipolar. La economía china representa aproximadamente dos tercios de la norteamericana y el sistema monetario internacional continúa organizado alrededor del dólar (IMF, 2025). Aunque China constituye una potencia ascendente y Estados Unidos muestra ciertos signos de desgaste relativo, ambas economías aún no son plenamente equiparables.

La globalización transformó estructuralmente el sistema internacional posterior a la Guerra Fría. La antigua separación entre bloques fue sustituida por una intensa interdependencia económica. Estados Unidos continúa siendo uno de los principales socios comerciales de China y viceversa. Precisamente por ello, Washington desarrolla actualmente políticas de contención tecnológica, comercial y científica frente a Beijing, incluyendo sanciones selectivas y restricciones estratégicas. China, por el contrario, como principal beneficiaria del proceso globalizador, continúa defendiendo el libre comercio y la interdependencia económica basada en el beneficio mutuo.

Nos encontramos así ante una relación simultánea de cooperación, competencia y confrontación económica. La interdependencia sigue siendo más profunda que la confrontación, aunque ambas dimensiones coexisten. Durante las próximas décadas, esta relación integración-conflicto entre Estados Unidos y China probablemente continuará definiendo el ritmo central del proceso global.

En el ámbito cultural, Estados Unidos mantiene igualmente una posición predominante. El denominado «American way of life» continúa siendo el principal referente de la cultura global contemporánea y ejerce incluso una fuerte influencia en la sociedad china. Joseph Nye definió este fenómeno como «soft power», es decir, la capacidad de influir mediante la atracción cultural y política más que exclusivamente a través de la coerción (Nye, 2004).

El sistema internacional contemporáneo puede definirse, por tanto, como un sistema unipolar complejo, fragmentado y erosionado. Es complejo porque, siendo militarmente unipolar, conserva rasgos bipolares en el ámbito nuclear y tendencias de bipolarización económica entre Estados Unidos y China. Y es un sistema con potencia erosionada porque la disociación entre el poder material norteamericano y su capacidad efectiva de estructuración política internacional limita crecientemente la eficacia de su unilateralismo.

2. La erosión de la hegemonía y la negociación asimétrica de la correlación de fuerzas

La primacía estratégica norteamericana ya no se ejerce bajo condiciones de hegemonía absoluta. La correlación internacional de fuerzas opera en dos direcciones: la del ejercicio del poder norteamericano y la de la capacidad de resistencia de sus interlocutores. El sistema internacional contemporáneo puede ser definido más precisamente como una unipolaridad fragmentada, erosionada y basada crecientemente en negociaciones asimétricas.

Sin embargo, esa asimetría no se reproduce de manera homogénea frente a todos los actores internacionales. Con China, las negociaciones tienden a adquirir características relativamente simétricas debido a su peso económico y tecnológico. Con Rusia ocurre algo similar por la existencia de un equilibrio estratégico nuclear.

En consecuencia, aunque la capacidad estructurante del poder norteamericano continúa siendo predominante, encuentra límites crecientes derivados de la correlación internacional de fuerzas, del poder de resistencia de otros Estados y del debilitamiento progresivo del consenso liberal internacional surgido tras la Guerra Fría.

La diplomacia del «America First» ha tendido a dejar de lado incluso algunos componentes tradicionales del realismo diplomático clásico. En numerosos casos, la política exterior norteamericana contemporánea ha relativizado tanto los valores occidentales clásicos —derechos humanos, democracia y multilateralismo— como los marcos normativos del derecho internacional y los mecanismos multilaterales de negociación de las Naciones Unidas.

La unipolaridad persiste, pero el componente hegemónico que la acompañaba se encuentra erosionado. Estados Unidos conserva un poder militar, financiero y tecnológico incomparable, pero su capacidad de producir obediencia automática o consensos internacionales duraderos ha disminuido significativamente. Por ello, el sistema internacional evoluciona hacia una estructura donde predominan relaciones pragmáticas de fuerza y negociaciones basadas en costos estratégicos y capacidades efectivas de resistencia.

Cuando los Estados Unidos enfrentan actores débiles, fragmentados o altamente dependientes, sus objetivos suelen imponerse con relativa facilidad. El caso venezolano y el proceso de negociación que estabilizó parcialmente al régimen constituyen ejemplos de ejercicio asimétrico del poder unilateral. Lo mismo ocurre, aunque bajo características distintas, con Gaza, donde la enorme asimetría de fuerzas limitó considerablemente la capacidad de resistencia palestina y de contención internacional.

Pero cuando la contraparte posee capacidades económicas, tecnológicas, estratégicas o militares relevantes, la lógica del sistema cambia sustancialmente. Allí el unilateralismo encuentra límites estructurales que obligan a negociaciones, acomodamientos y equilibrios parciales.

3. China y Rusia: los límites estratégicos del unilateralismo

El caso chino constituye probablemente la principal expresión contemporánea de resistencia estructural al unilateralismo norteamericano. La guerra comercial impulsada por la administración Trump buscó inicialmente modificar unilateralmente las relaciones económicas bilaterales mediante aranceles y restricciones tecnológicas masivas. Sin embargo, la magnitud de la economía china, su papel central en las cadenas globales de producción y su creciente desarrollo científico-tecnológico impidieron que Washington alcanzara plenamente sus objetivos iniciales.

Finalmente, ambas potencias debieron negociar esquemas de acomodamiento que reflejan no solo intereses económicos, sino también un equilibrio estratégico de poder.

Lo mismo ocurre en torno a Taiwán y al Mar de China Meridional. Aunque Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar global, China ha desarrollado capacidades suficientes para imponer costos estratégicos elevados en su entorno regional inmediato. Por ello, la relación sino-norteamericana se desarrolla actualmente bajo mecanismos de contención recíproca y negociación permanente.

En el caso de Rusia, la guerra en Ucrania ha demostrado que el equilibrio nuclear continúa siendo un elemento estructural del sistema internacional. Estados Unidos y Rusia mantienen capacidades de destrucción mutua asegurada que impiden cualquier lógica de victoria absoluta (Waltz, 1979). La eventual paz en Ucrania dependerá, en gran medida, de un entendimiento entre las dos principales potencias nucleares del sistema internacional.

4. Europa y la diferenciación progresiva de intereses con Estados Unidos

Europa representa otro caso significativo de evolución del sistema internacional unipolar fragmentado. Durante décadas, la alianza atlántica constituyó uno de los pilares esenciales del orden occidental liderado por Estados Unidos. Sin embargo, las políticas impulsadas bajo la lógica del «America First» introdujeron crecientes divergencias entre Washington y sus aliados europeos.

La guerra en Ucrania mostró inicialmente la voluntad europea de preservar la cohesión atlántica. No obstante, progresivamente comenzó a evidenciarse que la defensa europea ya no constituye una prioridad estratégica absoluta para Washington. Estados Unidos concentra crecientemente su atención en la competencia con China y exige que Europa asuma mayores responsabilidades militares y financieras en su propia defensa (NATO, 2025).

La OTAN continúa siendo fundamental, pero ya no representa el eje central de la política estratégica norteamericana. Como consecuencia, Europa ha comenzado lentamente un proceso de diferenciación de intereses y de construcción de márgenes de autonomía estratégica. Durante gran parte de la segunda administración Trump, Europa evitó confrontar abiertamente el unilateralismo norteamericano. Sin embargo, la guerra con Irán modificó parcialmente esta situación. Las exigencias norteamericanas para involucrar directamente a Europa en el conflicto, sin consultas previas suficientes y con elevados costos energéticos potenciales, aceleraron el debate sobre autonomía estratégica europea.

En el Foro de Davos del 20 de enero de 2026, el primer ministro canadiense Mark Carney afirmó que el antiguo orden liberal internacional había terminado y que el mundo evolucionaba hacia una estructura más unilateral y transaccional (The Guardian, 2026). Sus declaraciones estimularon el debate europeo sobre la necesidad de construir estrategias menos dependientes de Washington.

España asumió entonces un liderazgo particularmente visible bajo la política del «No a la Guerra». El gobierno de Pedro Sánchez negó la utilización de las bases militares norteamericanas de Rota y Morón para operaciones ofensivas contra Irán y restringió parcialmente el uso del espacio aéreo español para aeronaves vinculadas a dichas operaciones (Reuters, 2026). Francia, Italia, Bélgica, Irlanda, Noruega y Alemania adoptaron igualmente posiciones de prudencia y relativa autonomía respecto de Washington.

Esta evolución ha impulsado en Europa un debate creciente sobre defensa regional, autonomía estratégica y construcción de capacidades independientes. Aunque no existe ruptura con Estados Unidos, sí se observa una diferenciación progresiva de intereses.

5. Irán y los límites del poder militar unipolar

El caso iraní constituye quizá la expresión más clara de los límites contemporáneos del poder militar unipolar norteamericano. Estados Unidos posee una superioridad militar convencional abrumadora frente a Irán. Sin embargo, esa superioridad no garantiza automáticamente la posibilidad de imponer una victoria estratégica total.

La posición geográfica iraní, su capacidad misilística, sus alianzas indirectas y la vulnerabilidad estratégica del Golfo Pérsico generan riesgos extremadamente elevados para cualquier conflicto de gran escala. Irán posee capacidad suficiente para afectar gravemente la estabilidad energética mundial y extender regionalmente el conflicto. Por ello, aunque Estados Unidos puede ejercer una enorme capacidad de destrucción militar, no necesariamente puede transformar esa superioridad en control político estable o victoria estratégica definitiva. Afganistán, Irak y ahora parcialmente Irán muestran precisamente los límites estructurales del poder militar en contextos geopolíticos complejos.

El poder unipolar contemporáneo continúa siendo ampliamente asimétrico en términos militares, financieros, tecnológicos y estratégicos. Sin embargo, su «potencia», en los términos conceptuales de Raymond Aron, es decir, su capacidad efectiva de transformar ese poder material en capacidad de dirección política, de estructuración del sistema internacional y de obtención sostenida de objetivos estratégicos, se encuentra crecientemente erosionada y sometida a límites derivados de la correlación internacional de fuerzas, de la resistencia de otros actores relevantes y de los elevados costos políticos, militares y económicos que implica el ejercicio unilateral del poder.

6. El Sur Global, los BRICS y los márgenes de autonomía internacional

En relación con el denominado Sur Global, la unipolaridad contemporánea también genera dinámicas de equilibrio y resistencia parcial frente a las tendencias más unilaterales del sistema internacional. Los BRICS han mantenido políticas constantes de articulación política, económica y diplomática que, aunque todavía no se traducen en una acción plenamente coordinada, sí representan esfuerzos significativos de construcción de autonomía (BRICS, 2025).

China, India y Brasil han respondido con relativa firmeza y racionalidad estratégica frente a las políticas unilaterales norteamericanas, evitando una confrontación sistémica directa, pero consolidando simultáneamente márgenes de autonomía y diversificación internacional.

La política de los principales Estados del BRICS no busca destruir el sistema internacional existente ni romper completamente con Estados Unidos. Todos reconocen la importancia estratégica de sus relaciones económicas y tecnológicas con Washington. Sin embargo, procuran relaciones más equilibradas, basadas en el beneficio mutuo, el respeto recíproco y la defensa del multilateralismo y del derecho internacional.

7. América Latina y los márgenes regionales de pluralidad estratégica

En América Latina, el ejercicio del unipolarismo fragmentado presenta características diferenciadas. La región no constituye un espacio homogéneo y sus relaciones con Estados Unidos varían según las condiciones económicas, geográficas y políticas de cada país o subregión.

México constituye un caso particularmente ilustrativo. Las relaciones bilaterales siguen estructuradas alrededor de temas sensibles como migración, narcotráfico, seguridad fronteriza y crimen organizado transnacional. Sin embargo, ambos países han logrado mantener mecanismos relativamente estables de negociación y consulta permanente.

En el ámbito comercial, la preservación esencial del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá ha garantizado estabilidad económica y previsibilidad recíproca. México ha desarrollado además una política exterior cuidadosa y equilibrada, orientada a preservar márgenes de autonomía evitando confrontaciones innecesarias con Washington. En Centroamérica, los niveles de dependencia económica y comercial respecto de Estados Unidos son considerablemente mayores. Para la mayoría de los países centroamericanos, el mercado norteamericano continúa siendo el principal destino de exportaciones y fuente esencial de remesas e inversiones. Ello incrementa significativamente la capacidad de influencia norteamericana en la región.

Sudamérica presenta un escenario más plural y complejo. Muchos países sudamericanos mantienen actualmente relaciones comerciales más intensas con China que con Estados Unidos, especialmente en materias primas, infraestructura y financiamiento. Sin embargo, Washington continúa siendo el principal interlocutor político y estratégico hemisférico. Las relaciones sudamericanas con Estados Unidos han evolucionado hacia formas más complejas, diversas y negociadas. Incluso en casos de cooperación estrecha, como Colombia o Ecuador, se observan crecientes márgenes de autonomía relativa.

En términos generales, Sudamérica parece orientarse hacia un esquema de vinculación ambivalente. Por un lado, unos países buscan una relación ideológica sin mayor autonomía con el gobierno de Trump. Otros, por el contrario, ya transitan por un pluralismo pragmático con autonomía (México, Brasil, Uruguay). Procuran mantener relaciones funcionales con Estados Unidos en aquellos ámbitos donde existen intereses convergentes, pero simultáneamente buscan diversificar sus relaciones internacionales con China, Europa, los BRICS y otros actores globales.

Precisamente esta combinación contradictoria entre intervención, correlaciones de fuerza, cooperación, negociación, contención limitada y autonomía relativa constituye una de las expresiones más características del actual sistema internacional de unipolaridad fragmentada y potencia erosionada.

Referencias bibliográficas

  1. Aron, R. (1962). Paix et guerre entre les nations. Paris: Calmann-Lévy.
  2. Ashford, E. (2024). «The Limits of American Primacy». Foreign Affairs, 103(2), 34-49.
  3. BRICS. (2025). Kazan Declaration 2025. Kazan: BRICS Summit Secretariat.
  4. Carney, M. (2026, enero 20). Principled and Pragmatic: Canada’s Path. Discurso pronunciado en el Foro Económico Mundial de Davos.
  5. Global Firepower. (2025). 2025 Military Strength Ranking.
  6. IMF. (2025). World Economic Outlook 2025. Washington D.C.: International Monetary Fund.
  7. Morgenthau, H. J. (1948). Politics Among Nations: The Struggle for Power and Peace. Nueva York: Alfred A. Knopf.
  8. NATO. (2025). NATO Defence Expenditure Report 2025. Bruselas: NATO Public Diplomacy Division.
  9. Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. Nueva York: PublicAffairs.
  10. Reuters. (2026, marzo 2). «US aircraft leave Spain after Madrid blocks use of bases in Iran operations».
  11. SIPRI. (2025). SIPRI Yearbook 2025: Armaments, Disarmament and International Security. Stockholm: Stockholm International Peace Research Institute.
  12. The Guardian. (2026, mayo 4). «Europe can rebuild rules-based international order, says Mark Carney».
  13. Vine, D. (2021). «United States Military Bases Abroad». Conflict Management and Peace Science, 38(1), 1-18.
  14. Waltz, K. N. (1979). Theory of International Politics. Reading, MA: Addison-Wesley.
  15. Zakaria, F. (2008). The Post-American World. Nueva York: W. W. Norton.

MRC
Manuel Rodríguez Cuadros

El mundo unipolar de nuestros días Notas del Presidente

El mundo unipolar de nuestros días

  • 2 de julio de 2024

Raymond Aron, en  Paz y Guerra entre las Naciones, diferencia los conceptos de poder y potencia. El primero hace referencia a los recursos naturales, sociales, militares, económicos, tecnológicos,  culturales y políticos que posee un Estado para determinar o influir en la conducta de los otros Estados.  La potencia,  es la capacidad y legitimidad para movilizar esos recursos en circunstancias determinadas,   con el fin de obtener objetivos específicos. Leer más «El mundo unipolar de nuestros días» →

Notas del Presidente

Nota del Presidente

  • 1 de septiembre de 20231 de septiembre de 2023

Recuperar Sudamérica para el mundo

Manuel Rodríguez Cuadros

Sudamérica conquistó su independencia, entre 1810 y 1825, con dos convicciones libertarias: la afirmación nacional de jurisdicciones socio-políticas independientes que dieron lugar a los Estados que hoy la conforman y una vocación integracionista de unidad.  Los congresos americanos de 1847-48 y 1864-65, convocados por la cancillería peruana, fueron el inició y el fin de la estrategia diplomática de dotar a los nuevos estados, con independencia de los Estados Unidos, con una diplomacia regional propia, que constituya una renta estratégica en sus relaciones externas.

139 años después, la diplomacia peruana – en mi gestión como canciller – asumió la iniciativa de retomar y concretar este proyecto histórico y obtuvo, a través de una compleja negociación, el acuerdo unánime que permitió crear, el 8 de diciembre de 2004, la Comunidad Sudamericana de Naciones.

La región no presentaba en ese entonces – como tampoco ahora – una homogeneidad política. Por el contrario, no sólo había diversidad en la orientación política de los gobiernos, sino niveles de tensiones manifiestas, como era el caso entre la Venezuela de Hugo Chávez y la Colombia de Álvaro Uribe. Pero la diplomacia está para eso. Para procesar posiciones e intereses opuestos y hasta antagónicos, identificar los puntos de convergencia y los intereses mutuos y lograr que en las decisiones prevalezcan los intereses comunes antes que las divergencias.

Desde el proyecto peruano, se había configurado una situación negociadora auspiciosa. Convergían en ese momento el trabajo institucional de la cancillería peruana que -desde unas décadas atrás – había identificado el espacio sudamericano como un componente estratégico- político, económico, comercial y social- de su proyección externa; la determinación del gobierno del presidente Lula en la misma dirección y el esfuerzo sistemático y promotor que realizó el expresidente argentino Eduardo Duhalde

Había ciertamente obstáculos y recelos a superar, como la incidencia y el impacto que la emergente organización sudamericana pudiese tener en el sistema interamericano y en las relaciones con EEUU y otros países de América Latina, que tendrían que interactuar con un nuevo actor regional, con poder político y económico superior a todos los actores de la región, con excepción de los Estados Unidos. México, Centroamérica y el Caribe tendrían que adecuarse al surgimiento de un poderoso actor subregional que no los incluía.

La viabilidad del proyecto pasaba por un enfoque realista, pragmático, no maximalista. Que ponga énfasis en las convergencias y circunvale las serias diferenciaciones políticas que existían. La propuesta que envié a los cancilleres se inspiraba en esta aproximación, con cinco ejes fundamentales: la concertación y coordinación política y diplomática que afirme a la región como un factor diferenciado y dinámico en la política regional y mundial; la convergencia entre el MERCOSUR y la Comunidad Andina para crear una zona de libre comercio, que debía configurarse a través de los acuerdos parciales ya suscritos entre los países sudamericanos; la integración física, energética y de comunicaciones; la armonización de políticas para impulsar el desarrollo rural y agroalimentario; la transferencia de tecnología y la integración en los ámbitos de la cultura, la ciencia y la educación.

En dos meses de complejas negociaciones se obtuvo el acuerdo unánime. Tuve que desplazarme a varias capitales.  La propuesta peruana se enriqueció con los aportes los demás países, siempre dentro del principio del realismo transformador que la inspiro.  Una cuestión fundamental fue establecer que las decisiones se adopten por consenso. No por votación. El consenso es una amplia mayoría que admite disensiones, pero no la oposición formal de cualquier miembro. Asegura, por ello, que las decisiones siempre sean representativas y no se adopten aquellas que no tengan el respaldo, la aceptación o la permisividad sin oposición formal de cualquiera de las partes.  Implica una suerte de veto para asegurar decisiones siempre representativas de una conciliación de intereses.

En los años siguientes a su creación, la Comunidad Sudamericana avanzo sostenidamente en cada uno de sus ejes programáticos.  No obstante, ello, un impulso maximalista y voluntarista – liderado por el presidente Hugo Chávez – que colisionaba con el principio del realismo transformador, buscó acelerar el proceso, suprimir el eje económico comercial y sobrevalorar el liderazgo político presidencial en la toma de decisiones. En el Perú y otros países se habían producido cambio de gobiernos.  El 2008 se decidió suprimir la Comunidad Sudamericana y remplazarla por UNASUR; en este caso ya una organización internacional institucionalizada con sede permanente y órganos de gobierno, con un esquema esencialmente político.  Y con un liderazgo presidencialista. El tratado que instituyó UNASUR entró en vigor el 2011 y progresivamente la pesadez del aparato institucional y liderazgos presidenciales confrontaciones empezó a erosionar los consensos que la sustentaban.

El 2017, asumió el poder en los EEUU Donald Trump. Luego de un período de ajuste de la política exterior norteamericana definió una diplomacia de poder regional para resolver la crisis democrática venezolana. La estrategia se basaba en las sanciones, la realización de acciones encubiertas y la búsqueda del derrocamiento de Nicolás Maduro como punto de partida de la democratización y reconciliación. La diplomacia latinoamericana de Trump, muy eficientemente, artículo entendimientos y alianzas con un grupo amplio de gobiernos de la región, especialmente con Brasil, Argentina, Colombia, y Perú, en torno a dos ejes centrales: el aislamiento del gobierno de Nicolas Maduro y la búsqueda de su derrocamiento como condición para restablecer la institucionalidad democrática en Venezuela. Alineo con eficacia y consistencia al Grupo de Lima, en esa línea de obtener la democratización por vías no democráticas. De defender la institucionalidad jurídica venezolana con métodos y acciones – como las sanciones – contrarias al derecho internacional.  El Grupo de Lima perdió identidad, paso a ser el operador de esta diplomacia de la intervención.

La evolución de la situación venezolana orientada por la diplomacia de Trump colisionó con la correlación de fuerzas al interior de UNASUR. Y trajo como subproducto una tensión “ideológica” a nivel presidencial. Esta contradicción, sin embargo, no tuvo un correlato fáctico decisivo en el patrón de la conducta internacional de los países, aún entre aquellos que encontraban en las antípodas de la diferenciación “ideológica”. Más allá de las estridencias presidenciales, la conducta de las cancillerías en Naciones Unidas, por ejemplo, presentaban más coincidencias que divergencias.  Los niveles de convergencia de los propios países enfrentados por la cuestión venezolana registraron en las votaciones de la agenda de las Naciones Unidas de esos años más del 80 % de convergencias. Lo que demuestra que Sudamérica en la era global unipolar flexible, posee intereses económicos, políticos y estratégicos diferenciado, en una trama que es la base objetiva para construir y consolidar una identidad y autonomía como actor político diferenciado.

El alineamiento del Grupo de Lima con la diplomacia de intervención, en el caso venezolano, por parte de importantes países de la región en ese contexto, antes que una expresión de la inserción externa de la región, un subproducto de la influencia de la diplomacia de Trump en esos países. Por esta razón cuando varió la política exterior de los Estados Unidos sobre Venezuela, con el advenimiento de Joe Biden, que abandono la diplomacia intervencionista de Trump, el Grupo de Lima fue incapaz de sostenerla de manera autónoma y desapareció como actor regional.

El 2018 las tensiones sobre la situación venezolana como factor determinante hicieron crisis. Seis países anunciaron su retiro de UNASUR. Incluido el Perú, el creador de la Comunidad Sudamericana. Posteriormente, los presidentes Iván Duque de Colombia y y Sebastián Piñera de Chile promovieron la creación de PROSUR (Foro para el Progreso e Integración de América del Sur) más concentrado en el proceso de integración y en los intereses empresariales, que desde el 2019 desarrolla una agenda propia.

El factor de contingencia que estuvo en la base de la polarización “ideológica a nivel presidencial, el acceso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, se agotó con el triunfo de Joe Biden. Y con ello se crearon las condiciones para que la rosa de los vientos del tratamiento de la situación venezolana cambiara también

La diplomacia del derrocamiento de Maduro por cualquier medio que afirmó Trump y orientó al Grupo de Lima, fue discretamente liquidada por el Departamento de Estado.

En Washington y en la región – al impulso de cambios de gobierno – se asumió el fracaso de esa política y con realismo se transitó a una actitud de “realismo transformador”. Comprometida con la restauración de la democracia venezolana, pero por vías democráticas. Esencialmente el diálogo, la negociación, la diplomacia. Promoviendo una participación plural y amplia de las propias fuerzas políticas venezolanas en la solución final. Las consultas que tienen lugar en México con el auspicio de Noruega y la flexibilización de las sanciones expresan a viabilidad de esta opción respaldada a nivel global.

Existe hoy en la región una nueva situación política. La guerra en Ucrania ha puesto a prueba los márgenes de autonomía de las políticas exteriores de los países latinoamericanos. La OTAN desde el inicio del conflicto, llamó a un alineamiento de todos los países de la región, del África y Asia con sus posiciones La respuesta de la región ha afirmado un grado muy amplio de autonomía. De manera casi unánime ha condenado la intervención rusa y las subsecuentes violaciones al derecho internacional. Pero al mismo tiempo no se ha ubicado en la “trinchera occidental de la guerra.  Mantiene sus relaciones con Rusia y antes que promover el desarrollo de la guerra desde un bando, ha clamado por una solución pacífica y negociada.

En el ámbito económico y comercial, incluidas las inversiones, Sudamérica tiene una inserción plural y diversificada a nivel mundial. La China s su principal socio comercial y latinoamericana misma es un mercado de importancia similar al de Estados Unidos y Europa. Esta no dependencia económica de un solo poder mundial o un solo mercado permite a la región un amplio potencial para diversificar aún más su inserción externa y afirmarse como un actor internacional diferenciado.

Leyendo estas tendencias, el gobierno del presidente Lula Da Silva  acogió el 30 de mayo a 10 jefes de Estado sudamericanos con la intención reanudar el diálogo  regional  y reflexionar sobre la reconstitución de Sudamérica como actor internacional al “margen de diferencias ideológicas”. Al término de la reunión  los presidentes aprobaron el Consenso de Brasilia, con dos compromisos muy específicos. 1) “Reconocieron la importancia de mantener el diálogo regular, con miras a impulsar el proceso de integración en América del Sur y proyectar la voz de la región en el mundo”  Y, 2) .“Decidieron establecer un grupo de contacto, encabezado por los Cancilleres, para evaluación de las experiencias de los mecanismos sudamericanos de integración y la elaboración de una hoja de ruta para la integración de América del Sur, a ser sometida a la consideración de los Jefes de Estado”.

El grupo de contacto se reunió por primera vez  el 17 de julio 2023, en Bruselas, de manera paralela a la II Cumbre CELALC- UE. Los cancilleres  discutieron la hoja de ruta para “la integración de América del Sur.” También acordaron realizar reuniones sectoriales en los próximos meses en las áreas de salud, defensa e infraestructura, con la designación de puntos focales de cada país para la coordinación y seguimiento El grupo volverá a reunirse durante el 78 periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El proceso de reconstrucción del espacio sudamericanos se ha iniciado y discurre con realismo en una línea no maximalista.  Es evidente que no existen los consensos para simplemente reactivar UNASUR.  Pero si para promover el diálogo y la integración sudamericana,. Y ese camino está en curso. La diferencia no es banal.  Como lo percibieron los jefes de Estado en Brasilia, hay que manejar una realidad compleja para crear consensos sólidos y viables. Es un buen camino dar una cierta regularidad al diálogo y la consulta política. Ello irá vertebrando consensos y anudando un nuevo tejido de unidad. A mediano plazo el proceso podría fusionar UNASUR y PROSUR, en una sola instancia de espacio integrador y coordinación de política, sin un aparato institucional pesado. Y simultáneamente ir construyendo la zona de libre comercio sudamericana, por la convergencia de los tratados que con esa meta ya existen entre plano de pares y grupos de países en el marco de la ALADI.

La consulta y coordinación política es viable en lo inmediato. Ubicando temas y espacios de acción común. Allí donde los intereses son compartidos. El grupo de contacto de cancilleres es el espacio adecuado para el diálogo y la consulta. En la Asamblea General de las Naciones Unida, por ejemplo, el grupo en su próxima reunión podría dar un mandato a los representantes permanentes para que, en las diversas comisiones y el plenario, se consulten e intercambien puntos de vista y adopten iniciativas conjuntas, allí donde los intereses coincidan. Sudamérica, desde abajo, puede estar empezando a reconstruirse.

La Revolución y la Política Exterior Notas del Presidente

La Revolución y la Política Exterior

  • 3 de junio de 20215 de junio de 2021

La Revolución y la Tierra, el ya afamado documental de Gonzalo Benavente, ha traído a la memoria de los peruanos, especialmente de las juventudes, el sentido histórico, sociológico y ético de la reforma agraria que llevó a cabo el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Pero la revolución peruana, como se le conoció en el exterior, sacudió las viejas estructuras del Perú oligárquico no solo en el ámbito de las relaciones semifeudales que subsistían en el agro. La voluntad de cambio estructural produjo mutaciones radicales en otros ámbitos de la realidad nacional.

Se ensayó cambiar la estructura de la producción y la propiedad bajo un modelo propio, autodenominado pluralista, donde coexistiesen la propiedad privada, la estatal y la social. El trabajo se ensalzó como valor social. Y se propició la participación de los trabajadores en las empresas a través de las comunidades industriales y mineras. La explotación de los recursos naturales, especialmente los mineros y pesqueros, se priorizaron en la acción económica del Estado. Una visión social con énfasis en la vida cotidiana de las familias, el empoderamiento de los más pobres y una instrucción para la vida y el trabajo, impulsaron la reforma de la educación y una política cultural orientada a la integración nacional, la superación del racismo y la exclusión.

Terminado el proceso el 29 de agosto de 1975, con el golpe militar de Morales Bermúdez, que destruyó la revolución a nombre de la continuidad de la revolución, todas las reformas se quedaron a medio camino. Se revirtieron progresivamente. También se demonizaron. Es un error evaluar el proceso revolucionario de Velasco incluyendo en ese análisis a la denominada segunda fase, que en realidad fue su negación, su sepulturera. La revolución peruana fue un proceso de cambios inconcluso. Duró siete años. Y el país aún no encuentra sosiego para una evaluación objetiva y desapasionada.

En ese lapso hubo una reforma que no afectó o cambió estructuras productivas y sociales. Una reforma de la superestructura, si se quiere, pero que paradójicamente -quizá por esa misma naturaleza- es la que sigue orientando en sus lineamientos básicos -a pesar de todo y de mucho – la conducta del Estado peruano.  La reforma, o como la llamó Carlos García Bedoya, la revolución de la política exterior.

A 1968 el Perú era un Estado y una sociedad oligárquicos con bolsones de un capitalismo mercantil, en la que el racismo cruzaba las relaciones sociales. Con una clase dirigente muy conservadora, dueña de sus privilegios. Un incipiente proceso de urbanización avistaba el futuro inmediato de la migración del campo a la ciudad. La coalición oligárquica entre el APRA y la Unión Nacional Odriísta ahogaba los intentos modernizadores y en algunos campos progresistas del gobierno de Belaúnde Terry. Estas características del Estado y la sociedad se reflejaban en la política exterior. Casi como un espejo.

Desde el fin de la primera guerra mundial el Perú había extraviado la tradición histórica del siglo XIX que había consolidado un manejo autónomo en las decisiones de la política exterior. La sustituyó una creciente dependencia y asociación asimétrica con los Estados Unidos, que se institucionalizó en el oncenio de Leguía y especialmente después de la segunda guerra mundial. El Perú autolimitó el alcance de su diplomacia a un mundo más pequeño que el real. Debido a su alianza política y militar, bilateral y multilateral con los Estados Unidos, la diplomacia peruana   había achicado el mundo o, si se quiere, lo había reducido políticamente a una realidad virtual que no se correspondía con la realidad ni con la geografía política. Un mini mundo integrado por el entorno limítrofe, el resto de Sudamérica, algo de Centroamérica y México, la Europa Occidental, Japón, la India y Corea del Sur en el Asia. El resto del mundo no era un referente de la política exterior peruana y gran parte de este no-mundo -los países socialistas y con procesos de consolidación de su liberación nacional en Asia y África- era además un horizonte prohibido para el desplazamiento de los peruanos, por turismo o trabajo. Obviamente no existían relaciones diplomáticas ni comerciales. Los pasaportes traían junto a su empaste verde un sello que decía: “El presente pasaporte no es válido para viajar a la URSS, la China, Bulgaria, Rumania, Checoeslovaquia, Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Cuba”. La trasgresión se punía como delitos contra la fe y la seguridad públicas.

En ese mundo reducido, Torre Tagle, como institución, con eficiencia, mucho profesionalismo y patriotismo, reducía su acción a lo que Alberto Ulloa llamó el horizonte territorial de la Rosa de los Vientos; es decir, a los decisivos y recurrentes asuntos de límites y fronteras. Añadía a esa agenda una prioritaria y dependiente vinculación con los Estados Unidos y una complementaria vinculación positiva con Europa Occidental, especialmente Francia, Italia, Inglaterra e intermitentemente con España y Alemania, siempre en función del espejo de Washington.

Las élites dirigentes autopercibían el Perú como un país occidental, blanco-mestizo-urbano, aliado de los Estados Unidos. Una sociedad que se sentía parte del mundo occidental industrializado, más allá que el 70 % de la población a la época sea indígena-mestiza-provinciana y que su economía se sustente en una agricultura semifeudal y una extracción minera impía con el medio ambiente, las poblaciones locales y sus trabajadores. Esta autopercepción del Perú como parte de la cultura europea y grecolatina, llevó al presidente Prado a lanzar una iniciativa diplomática para unir a la latinidad europea con la peruana.

Se trataba de una política exterior defensora del statu quo nacional, regional y mundial, con algunos atisbos modernizadores. Muy conservadora. Con una acción multilateral reducida básicamente a las Naciones Unidas y la OEA. Que actuaba al interior de la alianza política y militar con los Estados Unidos. Bajo este paraguas fue activa y descollante en algunos procesos y logró construir un espacio de autonomía en torno a la reivindicación inicial de las 200 millas. Cuando Porras quiso llevar este gesto al ámbito político en el asunto de Cuba, le costó el puesto y quizá le aceleró la muerte.

El Estado oligárquico se sentía parte del poder de los otros, es decir, del poder mundial de los Estados Unidos y evidentemente de sus empresas. Pero, al mismo tiempo, era incapaz de oír las propias demandas de la Alianza para el Progreso y del presidente Kennedy para hacer una reforma agraria que cambie -con más de cien años de atraso- lo semifeudal por un incipiente capitalismo agrario. Lo mismo sucedía con las minas, con la Cerro de Pasco Corporation y, muy particularmente, con la International Petroleum Company. La extrema inequidad de los contratos petroleros había creado un frente de diversos sectores nacionalistas, el centro y los incipientes movimientos de izquierda. Su nacionalización fue la bandera con la que la Acción Popular progresista de 1963 ganó las elecciones, y también el estandarte de su caída el 3 de octubre de 1968.

Más allá de la determinación social y política que inspiró el proceso de cambios, la política exterior se inició con un hecho interno: la toma de la International Petroleum Company  el 9 de octubre de 1968. Significó el primer enfrentamiento directo con los Estados Unidos en la historia de las relaciones internacionales del Perú. Velasco, en el discurso a la nación con motivo de la expropiación, interpretó la decisión como una expresión de la soberanía nacional, anunciando que iniciaba “una etapa de reivindicación de la soberanía y la dignidad”. La defensa de la soberanía y el ejercicio autónomo e independiente de la política exterior emergió así como el principio rector de una nueva diplomacia.

De este principio se derivó una nueva concepción estratégica de la política exterior. Se interpretaron los interses nacionales sin condicionamientos externos derivados de los requerimientos globales de la potencia dominante. Se pasó de un eje de referencia basado en la alianza política y militar con los Estados Unidos y el mundo occidental, a otro totalmente distinto: la identificación de los intereses peruanos en función de la propia realidad nacional del país, social, económica, cultural, política y estratégica. Una política exterior al margen de las zonas de influencia de la guerra fría.

Ello significaba asumir que los Estados Unidos, Europa Occidental y el Perú tenían intereses diferenciados y también coincidentes. Los diferenciados llevaron al conflicto con los Estados Unidos por la recuperación de recursos naturales. Y eso había que aterrizarlo, negociarlo. En ese contexto Europa aparecía como un espacio poroso para afirmar una mayor autonomía y reforzar la capacidad negociadora con los Estados Unidos. En lo comercial, en las inversones y en la defensa nacional.

La autonomía en las decisiones de política exterior y el replanteamiento de los intereses nacionales, indicaban que el Perú no debía limitar sus relaciones diplomáticas en función de intereses estratégicos ajenos. Se afirmó, consiguientemente, el principio de la universalidad de las relaciones diplomáticas. Y en su ejercicio se abrieron relaciones con la Unión Soviética y los países socialistas de Europa Oriental, con Cuba e importantes países de África, Asia y el Caribe. Hasta 1968 el Perú tenía relaciones con Taiwán. Y desconocía la existencia de la China. La diplomacia de la revolución reconoció a la Repúbica Popular China como único representante del pueblo chino y asumió un liderazgo regional en la decisión que  en 1971 incorporó a la China como miembro de las Naciones Unidas y por ende del Consejo de seguridad, en 1971. El Perú en siete años prácticamente duplicó el número de países con los que tenía relaciones diplomáticas.

Se asumió que el subdesarrollo se originaba en factores internos derivados de la sociedad oligárquica, articulados con una situación de dependencia exterior. Consecuentemente, la lucha contra la dependencia y la afirmación de una política internacional autónoma, el eje de la estrategia del desarrollo nacional.

La diplomacia económica emergió como un campo inédito en el ámbito multilateral. Desde la prioridad e impulso al pacto andino, la Comisión Económica de Coordinación Latinoamericana (CECLA), y posteriormente la creación del sistema económico latinoamericano, hasta el rol protagónico de la UNCTAD y la ONUDI en la búsqueda de la reversión de los términos del intercambio y el desarrollo desigual, la cooperación al desarrollo sin dependencia y el impulso a la industrialización. La relación y negociación multilateral con el mundo industrializado se canalizó a través del Diálogo Norte-Sur y del consenso para el establecimiento del Nuevo Orden Económico Internacional.

En lo político diplomático, todo el referente de la inserción externa de la política exterior del Perú cambió de eje. De la adscripción a los valores, los intereses y la conducta internacional de Estados Unidos y el occidente europeo, se pasó a articular la política exterior en la confluencia de intereses con América Latina y los países del tercer mundo. Surgió así la diplomacia tercermundista y su dimensión política: el no alineamiento. La opción no alineada no era ni es una política de neutralidad, sino una diplomacia activa y de compromiso. Que rechazaba la división del mundo en zonas de influencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Era antiimperialista y anticolonialista, y promotora de una gobernanza mundial en la que se respete la soberanía y autonomía de todos los Estados y se democraticen  las relaciones internacionales.

La inserción del Perú en Sudamérica también cambió radicalmente. De una política basada casi exclusivamente en la defensa de las fronteras, los límites y los intereses territoriales, se pasó -reforzando estas- a una diplomacia de integración bilateral y multilateral. Y a un impulso novedoso de la cooperación fronteriza. El caso más relevante fue el del Ecuador. Sin alterar la histórica posición de la vigencia y ejecución del Protocolo de Río, se abrió un proceso de diálogo y cooperación fronteriza que tuvo en el proyecto de irrigación Puyango Tumbes su cota más alta. La integración regional, el reforzamiento de la capacidad de negociación conjunta de América Latina fue el eje multilateral de esta política.

Las relaciones interamericanas fueron otro campo de acción de la dinámica del cambio. El diagnóstico indicaba que ya no eran funcionales a los intereses de los países latinoamericanos y que servían esencialmente y de manera desequilibrada a los intereses ideológicos y globales de los Estados Unidos. Se asumió la iniciativa y se obtuvo la realización del proceso de reestructuración del sistema interamericano. Y, consistentemente, se llevó la iniciativa al Consejo y a la Asamblea General de la OEA para terminar con la exclusión de Cuba.

Carlos García Bedoya ha resumido y fundamentado el carácter revolucionario de la diplomacia del Perú en este período. Si la revolución consiste en trastocar el viejo orden y transformarlo en una nueva realidad emergente, la diplomacia de Velasco, sostiene García Bedoya, fue una expresión de la revolución porque transformó radicalmente la base social de la política exterior, su inserción global, las relaciones con los Estados Unidos y con Europa, la vinculación con  América Latina y el relacionamiento con los países limítrofes, las relaciones interamericanas, la vinculación del Perú con el tercer mundo y el movimiento no alineado. Accionó para sepultar el régimen imperial y colonial del derecho del mar decimonónico y llevar al consenso mundial la tesis de las 200 milllas. E hizo de la diplomacia multilateral una renta estratégica del conjunto de la política exterior. En lo interno, dotó al Servicio Diplomático de su actual solidez institucional.

Al mismo tiempo, redefinió la defensa nacional. De una integración militar unilateral con los Estados Unidos, se pasó a una inserción plural y moderna. Que dotó al Estado de grandes márgenes de maniobra e independencia, a partir de la adquisición de armamentos a la Unión Soviética y a Francia. El Perú pasó a tener un potencial militar de primer orden en la región. Y  se promovió un sistema de seguridad y defensa sudamericano.

La transformación revolucionaria de la política exterior se hizo con una connotación especial. Que atañe estrictamente a la dimensión diplomática del proceso y que fue el aporte de los funcionarios del Servicio Diplomático. Actores y ejecutores. El cambio se hizo  ejerciendo el valor de la responsabilidad. Este valor en la diplomacia consiste en lograr  la transformación del statu quo obteniendo el máximo beneficio y  al mismo tiempo  eliminando o minimizando los costos. Supone también que la relación diplomática de conflicto  no llegue a la ruptura, sino a nuevos entendimientos a partir de la obtención del cambio estructural deseado.

                                                                             Manuel Rodríguez Cuadros

Notas del Presidente

Nota del presidente

  • 17 de diciembre de 20206 de febrero de 2023

 

La Revolución y la Política Exterior

La Revolución y la Tierra, el ya afamado documental de Gonzalo Benavente, ha traído a la memoria de los peruanos, especialmente de las juventudes, el sentido histórico, sociológico y ético de la reforma agraria que llevó a cabo el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Pero la revolución peruana, como se le conoció en el exterior, sacudió las viejas estructuras del Perú oligárquico no solo en el ámbito de las relaciones semifeudales que subsistían en el agro. La voluntad de cambio estructural produjo mutaciones radicales en otros ámbitos de la realidad nacional.

Se ensayó cambiar la estructura de la producción y la propiedad bajo un modelo propio, autodenominado pluralista, donde coexistiesen la propiedad privada, la estatal y la social. El trabajo se ensalzó como valor social. Y se propició la participación de los trabajadores en las empresas a través de las comunidades industriales y mineras. La explotación de los recursos naturales, especialmente los mineros y pesqueros, se priorizaron en la acción económica del Estado. Una visión social con énfasis en la vida cotidiana de las familias, el empoderamiento de los más pobres y una instrucción para la vida y el trabajo, impulsaron la reforma de la educación y una política cultural orientada a la integración nacional, la superación del racismo y la exclusión.

Terminado el proceso el 29 de agosto de 1975, con el golpe militar de Morales Bermúdez, que destruyó la revolución a nombre de la continuidad de la revolución, todas las reformas se quedaron a medio camino. Se revirtieron progresivamente. También se demonizaron. Es un error evaluar el proceso revolucionario de Velasco incluyendo en ese análisis a la denominada segunda fase, que en realidad fue su negación, su sepulturera. La revolución peruana fue un proceso de cambios inconcluso. Duró siete años. Y el país aún no encuentra sosiego para una evaluación objetiva y desapasionada.

En ese lapso hubo una reforma que no afectó o cambió estructuras productivas y sociales. Una reforma de la superestructura, si se quiere, pero que paradójicamente -quizá por esa misma naturaleza- es la que sigue orientando en sus lineamientos básicos -a pesar de todo y de mucho – la conducta del Estado peruano.  La reforma, o como la llamó Carlos García Bedoya, la revolución de la política exterior.

A 1968 el Perú era un Estado y una sociedad oligárquicos con bolsones de un capitalismo mercantil, en la que el racismo cruzaba las relaciones sociales. Con una clase dirigente muy conservadora, dueña de sus privilegios. Un incipiente proceso de urbanización avistaba el futuro inmediato de la migración del campo a la ciudad. La coalición oligárquica entre el APRA y la Unión Nacional Odriísta ahogaba los intentos modernizadores y en algunos campos progresistas del gobierno de Belaúnde Terry. Estas características del Estado y la sociedad se reflejaban en la política exterior. Casi como un espejo.

Desde el fin de la primera guerra mundial el Perú había extraviado la tradición histórica del siglo XIX que había consolidado un manejo autónomo en las decisiones de la política exterior. La sustituyó una creciente dependencia y asociación asimétrica con los Estados Unidos, que se institucionalizó en el oncenio de Leguía y especialmente después de la segunda guerra mundial. El Perú autolimitó el alcance de su diplomacia a un mundo más pequeño que el real. Debido a su alianza política y militar, bilateral y multilateral con los Estados Unidos, la diplomacia peruana   había achicado el mundo o, si se quiere, lo había reducido políticamente a una realidad virtual que no se correspondía con la realidad ni con la geografía política. Un mini mundo integrado por el entorno limítrofe, el resto de Sudamérica, algo de Centroamérica y México, la Europa Occidental, Japón, la India y Corea del Sur en el Asia. El resto del mundo no era un referente de la política exterior peruana y gran parte de este no-mundo -los países socialistas y con procesos de consolidación de su liberación nacional en Asia y África- era además un horizonte prohibido para el desplazamiento de los peruanos, por turismo o trabajo. Obviamente no existían relaciones diplomáticas ni comerciales. Los pasaportes traían junto a su empaste verde un sello que decía: “El presente pasaporte no es válido para viajar a la URSS, la China, Bulgaria, Rumania, Checoeslovaquia, Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Cuba”. La trasgresión se punía como delitos contra la fe y la seguridad públicas.

En ese mundo reducido, Torre Tagle, como institución, con eficiencia, mucho profesionalismo y patriotismo, reducía su acción a lo que Alberto Ulloa llamó el horizonte territorial de la Rosa de los Vientos; es decir, a los decisivos y recurrentes asuntos de límites y fronteras. Añadía a esa agenda una prioritaria y dependiente vinculación con los Estados Unidos y una complementaria vinculación positiva con Europa Occidental, especialmente Francia, Italia, Inglaterra e intermitentemente con España y Alemania, siempre en función del espejo de Washington.

Las élites dirigentes autopercibían el Perú como un país occidental, blanco-mestizo-urbano, aliado de los Estados Unidos. Una sociedad que se sentía parte del mundo occidental industrializado, más allá que el 70 % de la población a la época sea indígena-mestiza-provinciana y que su economía se sustente en una agricultura semifeudal y una extracción minera impía con el medio ambiente, las poblaciones locales y sus trabajadores. Esta autopercepción del Perú como parte de la cultura europea y grecolatina, llevó al presidente Prado a lanzar una iniciativa diplomática para unir a la latinidad europea con la peruana.

Se trataba de una política exterior defensora del statu quo nacional, regional y mundial, con algunos atisbos modernizadores. Muy conservadora. Con una acción multilateral reducida básicamente a las Naciones Unidas y la OEA. Que actuaba al interior de la alianza política y militar con los Estados Unidos. Bajo este paraguas fue activa y descollante en algunos procesos y logró construir un espacio de autonomía en torno a la reivindicación inicial de las 200 millas. Cuando Porras quiso llevar este gesto al ámbito político en el asunto de Cuba, le costó el puesto y quizá le aceleró la muerte.

El Estado oligárquico se sentía parte del poder de los otros, es decir, del poder mundial de los Estados Unidos y evidentemente de sus empresas. Pero, al mismo tiempo, era incapaz de oír las propias demandas de la Alianza para el Progreso y del presidente Kennedy para hacer una reforma agraria que cambie -con más de cien años de atraso- lo semifeudal por un incipiente capitalismo agrario. Lo mismo sucedía con las minas, con la Cerro de Pasco Corporation y, muy particularmente, con la International Petroleum Company. La extrema inequidad de los contratos petroleros había creado un frente de diversos sectores nacionalistas, el centro y los incipientes movimientos de izquierda. Su nacionalización fue la bandera con la que la Acción Popular progresista de 1963 ganó las elecciones, y también el estandarte de su caída el 3 de octubre de 1968.

Más allá de la determinación social y política que inspiró el proceso de cambios, la política exterior se inició con un hecho interno: la toma de la International Petroleum Company  el 9 de octubre de 1968. Significó el primer enfrentamiento directo con los Estados Unidos en la historia de las relaciones internacionales del Perú. Velasco, en el discurso a la nación con motivo de la expropiación, interpretó la decisión como una expresión de la soberanía nacional, anunciando que iniciaba “una etapa de reivindicación de la soberanía y la dignidad”. La defensa de la soberanía y el ejercicio autónomo e independiente de la política exterior emergió así como el principio rector de una nueva diplomacia.

De este principio se derivó una nueva concepción estratégica de la política exterior. Se interpretaron los interses nacionales sin condicionamientos externos derivados de los requerimientos globales de la potencia dominante. Se pasó de un eje de referencia basado en la alianza política y militar con los Estados Unidos y el mundo occidental, a otro totalmente distinto: la identificación de los intereses peruanos en función de la propia realidad nacional del país, social, económica, cultural, política y estratégica. Una política exterior al margen de las zonas de influencia de la guerra fría.

Ello significaba asumir que los Estados Unidos, Europa Occidental y el Perú tenían intereses diferenciados y también coincidentes. Los diferenciados llevaron al conflicto con los Estados Unidos por la recuperación de recursos naturales. Y eso había que aterrizarlo, negociarlo. En ese contexto Europa aparecía como un espacio poroso para afirmar una mayor autonomía y reforzar la capacidad negociadora con los Estados Unidos. En lo comercial, en las inversones y en la defensa nacional.

La autonomía en las decisiones de política exterior y el replanteamiento de los intereses nacionales, indicaban que el Perú no debía limitar sus relaciones diplomáticas en función de intereses estratégicos ajenos. Se afirmó, consiguientemente, el principio de la universalidad de las relaciones diplomáticas. Y en su ejercicio se abrieron relaciones con la Unión Soviética y los países socialistas de Europa Oriental, con Cuba e importantes países de África, Asia y el Caribe. Hasta 1968 el Perú tenía relaciones con Taiwán. Y desconocía la existencia de la China. La diplomacia de la revolución reconoció a la Repúbica Popular China como único representante del pueblo chino y asumió un liderazgo regional en la decisión que  en 1971 incorporó a la China como miembro de las Naciones Unidas y por ende del Consejo de seguridad, en 1971. El Perú en siete años prácticamente duplicó el número de países con los que tenía relaciones diplomáticas.

Se asumió que el subdesarrollo se originaba en factores internos derivados de la sociedad oligárquica, articulados con una situación de dependencia exterior. Consecuentemente, la lucha contra la dependencia y la afirmación de una política internacional autónoma, el eje de la estrategia del desarrollo nacional.

La diplomacia económica emergió como un campo inédito en el ámbito multilateral. Desde la prioridad e impulso al pacto andino, la Comisión Económica de Coordinación Latinoamericana (CECLA), y posteriormente la creación del sistema económico latinoamericano, hasta el rol protagónico de la UNCTAD y la ONUDI en la búsqueda de la reversión de los términos del intercambio y el desarrollo desigual, la cooperación al desarrollo sin dependencia y el impulso a la industrialización. La relación y negociación multilateral con el mundo industrializado se canalizó a través del Diálogo Norte-Sur y del consenso para el establecimiento del Nuevo Orden Económico Internacional.

En lo político diplomático, todo el referente de la inserción externa de la política exterior del Perú cambió de eje. De la adscripción a los valores, los intereses y la conducta internacional de Estados Unidos y el occidente europeo, se pasó a articular la política exterior en la confluencia de intereses con América Latina y los países del tercer mundo. Surgió así la diplomacia tercermundista y su dimensión política: el no alineamiento. La opción no alineada no era ni es una política de neutralidad, sino una diplomacia activa y de compromiso. Que rechazaba la división del mundo en zonas de influencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Era antiimperialista y anticolonialista, y promotora de una gobernanza mundial en la que se respete la soberanía y autonomía de todos los Estados y se democraticen  las relaciones internacionales.

La inserción del Perú en Sudamérica también cambió radicalmente. De una política basada casi exclusivamente en la defensa de las fronteras, los límites y los intereses territoriales, se pasó -reforzando estas- a una diplomacia de integración bilateral y multilateral. Y a un impulso novedoso de la cooperación fronteriza. El caso más relevante fue el del Ecuador. Sin alterar la histórica posición de la vigencia y ejecución del Protocolo de Río, se abrió un proceso de diálogo y cooperación fronteriza que tuvo en el proyecto de irrigación Puyango Tumbes su cota más alta. La integración regional, el reforzamiento de la capacidad de negociación conjunta de América Latina fue el eje multilateral de esta política.

Las relaciones interamericanas fueron otro campo de acción de la dinámica del cambio. El diagnóstico indicaba que ya no eran funcionales a los intereses de los países latinoamericanos y que servían esencialmente y de manera desequilibrada a los intereses ideológicos y globales de los Estados Unidos. Se asumió la iniciativa y se obtuvo la realización del proceso de reestructuración del sistema interamericano. Y, consistentemente, se llevó la iniciativa al Consejo y a la Asamblea General de la OEA para terminar con la exclusión de Cuba.

Carlos García Bedoya ha resumido y fundamentado el carácter revolucionario de la diplomacia del Perú en este período. Si la revolución consiste en trastocar el viejo orden y transformarlo en una nueva realidad emergente, la diplomacia de Velasco, sostiene García Bedoya, fue una expresión de la revolución porque transformó radicalmente la base social de la política exterior, su inserción global, las relaciones con los Estados Unidos y con Europa, la vinculación con  América Latina y el relacionamiento con los países limítrofes, las relaciones interamericanas, la vinculación del Perú con el tercer mundo y el movimiento no alineado. Accionó para sepultar el régimen imperial y colonial del derecho del mar decimonónico y llevar al consenso mundial la tesis de las 200 milllas. E hizo de la diplomacia multilateral una renta estratégica del conjunto de la política exterior. En lo interno, dotó al Servicio Diplomático de su actual solidez institucional.  

Al mismo tiempo, redefinió la defensa nacional. De una integración militar unilateral con los Estados Unidos, se pasó a una inserción plural y moderna. Que dotó al Estado de grandes márgenes de maniobra e independencia, a partir de la adquisición de armamentos a la Unión Soviética y a Francia. El Perú pasó a tener un potencial militar de primer orden en la región. Y  se promovió un sistema de seguridad y defensa sudamericano.

La transformación revolucionaria de la política exterior se hizo con una connotación especial. Que atañe estrictamente a la dimensión diplomática del proceso y que fue el aporte de los funcionarios del Servicio Diplomático. Actores y ejecutores. El cambio se hizo  ejerciendo el valor de la responsabilidad. Este valor en la diplomacia consiste en lograr  la transformación del statu quo obteniendo el máximo beneficio y  al mismo tiempo  eliminando o minimizando los costos. Supone también que la relación diplomática de conflicto  no llegue a la ruptura, sino a nuevos entendimientos a partir de la obtención del cambio estructural deseado.

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